domingo, 20 de julio de 2014

De muestra un botón


A continuación, y después del salto, os pongo el Prólogo de Señores de la noche. Si os gusta y quereis leer más, podeis adquirir la novela en Amazon para kindle en esta dirección: http://www.amazon.es/dp/B00LBJ5Z68 o en formato físico en ésta: https://www.createspace.com/4822884

  

PRÓLOGO

 



Día uno de Febrero del año  mil novecientos después de Cristo. Por aquel entonces, Gonzalo Villanueva sólo era conocido, si es que alguien más allá de su entorno inmediato le conocía, por ser un joven inspector de la policía gubernativa y judicial recién ascendido… también era conocido en realidad por ser demasiado entusiasta, y tal vez por eso, aquella noche no fue capaz de darse cuenta de que se estaba metiendo en asuntos que le sobrepasaban enormemente. No le importaba lo que los demás dijeran, ni siquiera lo que el teniente coronel le hubiera ordenado; era él quien había tenido que ver a los padres de la última chica mientras recibía cristiana sepultura, y quien había prometido a sus afligidos progenitores que daría con su asesino.
Ataviado con su uniforme de a diario, que por aquel entonces constaba de espadín, pantalón largo y capota, se plantó frente a la puerta del establecimiento y observó con interés el cartel de la entrada. El lugar se llamaba Els Quatre Gats, un café-cervecería que se había convertido en el lugar de referencia del movimiento modernista catalán. Por lo que Gonzalo había podido averiguar en el poco tiempo que llevaba en la ciudad de Barcelona, allí se realizaban tertulias, veladas literarias y exposiciones de arte, como a la que iba a asistir la persona que andaba buscando aquella noche. No era un experto en arte ni mucho menos, así que cuando leyó el nombre de “Pablo Ruíz” como el autor de las obras que allí se exponían no le sonó de nada… difícilmente podría prever en aquel entonces que sería su segundo apellido, al que en aquel momento no prestó atención, con el que alcanzaría una fama que perduraría más allá del siglo que acababa de estrenarse.
Viajar no era ni remotamente rápido o cómodo en el año mil novecientos. Volar todavía era un sueño por el que el ser humano estaba luchando, el tren aún estaba en pañales en España y los automóviles sólo empezaban a verse en el extranjero, de modo que el caballo seguía siendo el medio de transporte más habitual, y por ello algunos pensaban que jamás sería sustituido. En esas condiciones, como cabía esperar, el viaje que le había llevado de Madrid a Barcelona no fue ni rápido ni cómodo, pero si conseguía su objetivo, Gonzalo consideraría que había merecido la pena.
Cuando se decidió a entrar, se sorprendió al no encontrar dentro de la cafetería más que retratos al carboncillo colgados de las paredes. En su ignorancia respecto al tema, tenía un concepto muy distinto sobre el tipo de arte que gustaba a los modernistas e intelectuales que poblaban el café… sin embargo, como no eran inquietudes artísticas lo que le habían llevado hasta allí, no le prestó mayor atención a las obras y se dirigió a una mesa.
Esperó con paciencia sentado en ella, repasando mentalmente los detalles del caso durante al menos una hora, hasta que, cuando la noche ya era cerrada, sintió cómo se le apretaba el estómago en el momento en que el señor Jovellanos hizo acto de presencia por fin.
Jovellanos era un hombre adinerado; ataviado con un elegante frac negro, y exhibiendo unos caros gemelos de oro en los puños de su camisa de seda, parecía un pavo real luciendo sus colores. Gonzalo observó detenidamente cómo aquel hombre, con una melena recogida en una coleta que contrastaba con su por lo demás pulcro aspecto, se movía con distinción entre los asistentes de menor rango que él, saludando a unos y otros hasta que finalmente alcanzó una de las mesas del café y se sentó en ella, bajo el cuadro de dos hombres montados en un tándem, como si estuviera esperando a alguien. Al joven inspector le habría sido imposible adivinar entonces que el señor Jovellanos se había percatado de su presencia nada más llegar, y que la persona a la que esperaba era precisamente a él, de modo que creyó haberle sorprendido cuando se sentó en su misma mesa y le lanzó una mirada acusadora.
—Buenas noches, señor Jovellanos —saludó—. ¿Se acuerda de mí?
—¡Ah, sí! Discúlpeme, pero soy terrible para los nombres —afirmó el señor Jovellanos mostrándole una sonrisa de suficiencia, algo demasiado habitual en la gente de su estatus—. Déjeme recordar… Gonzalo Villanueva, ¿verdad? El inspector de policía y veterano de la guerra en Cuba, ¿cierto?
—Así es. —confirmó.
—Está un poco lejos de su tierra, me temo —observó Jovellanos sin perder la tranquilidad ni por un segundo. Aunque él ya debía saber el motivo por el que Gonzalo se encontraba allí, al inspector no le extrañó en absoluto aquella sangre fría; la gente como él solía comportarse de aquella manera incluso cuando su juego había quedado al descubierto… por desgracia, ya lo había visto antes—. Me sorprende usted, no le hacía admirador del arte moderno.
—No lo soy, esta noche me trae hasta aquí un asunto de trabajo. —respondió con sequedad.
—Trabajo —repitió lentamente Jovellanos cruzándose de brazos—. Sí, supongo que ese es el motivo por el que ha venido vestido de uniforme, pero me parece que esto queda un poco lejos de su jurisdicción, ¿no le parece?
—En realidad esta noche no estoy de servicio. —replicó Gonzalo.
—¿No? —fingió extrañarse su interlocutor—. ¡Oh! Déjeme adivinar entonces… sus superiores le han suspendido temporalmente después de que, en un exceso de entusiasmo por su parte, insistiera en sus infundadas acusaciones contra mi persona, aun cuando ya había recibido orden directa por parte de su teniente coronel de abandonar la investigación.
Gonzalo no pudo evitar sonrojarse; el señor Jovellanos había acertado de lleno… de hecho, ellos mismos habían utilizado exactamente esa para definir su comportamiento: exceso de entusiasmo. Por supuesto, tanta precisión en su adivinación confirmó lo que el inspector ya tenía muy claro, que Jovellanos contaba con influencias en el cuerpo, y que era demasiado poderoso para ser detenido.
—No es muy profesional por mi parte, lo admito, pero es mi conciencia, y no mi oficio, lo que me ha traído hasta aquí —respondió con gravedad—. En concreto, mi sentimiento de culpa por dejar escapar al autor de tres asesinatos.
—¡Ah, sí! Esas tres pobres muchachas… —dejó caer Jovellanos con aparente indiferencia.
—Joaquina Martínez, Herminia Prieto y Juana López —enumeró. Tenía sus nombres grabados en la memoria, del mismo modo que también tenía la imagen de sus cuerpos muertos en la morgue, cuando los vio por primera vez—. Diecinueve, veinticuatro y quince años respectivamente. Las tres degolladas mientras caminaban de vuelta a sus casas en plena noche.
—La noche es peligrosa, usted lo debería saber mejor que nadie. —afirmó el aristócrata convirtiendo su sonrisa en un frío gesto cargado de condescendencia, como si con sus palabras quisiera darle una lección al joven inspector que ya debía haber aprendido mucho tiempo atrás.
—No es la noche quien les cortó el cuello —replicó él sin dejarse amedrentar—. O más bien debería decir quién fingió que las mataba cortándoles el cuello. Hice que un médico amigo mío inspeccionara los cadáveres más a fondo, ¿lo sabía?
—Es usted muy meticuloso en su trabajo —le halagó Jovellanos empleando una ironía que ya había utilizado con él en el pasado, cuando todavía en Madrid le acusó por primera vez de ser el autor de los crímenes—. Dígame, por favor, ¿qué encontró ese médico amigo suyo en los cuerpos de las pobres chicas?
—Algo muy curioso: el anillo de bodas en la mano de Herminia Prieto y la intacta virtud de Juana López… ni robo, ni violación, ¿no le parece interesante? —le espetó el inspector—. También encontró unas inquietantes marcas en sus cuellos, marcas que sin duda nos pasaron desapercibidas al principio, pero que se revelaron tras un examen más minucioso.
—Sí que es curioso —opinó Jovellanos—. Continúe, por favor.
—Verá, es como si alguien les hubiera pinchado en el cuello y luego hubiera querido encubrir esos pinchazos con un profundo corte que despistara a las autoridades —le explicó—. ¿Y sabe qué es lo que no encontramos en la escena del crimen? Sangre, ni una gota más de la que manchaba sus cuellos y sus vestidos… no me diga que no es interesante.
—Bueno, inspector, no soy un experto en la materia, pero imagino que alguien movería los cuerpos para esconderlos en los callejones donde fueron encontrados. —juzgó Jovellanos volviendo por un segundo la vista hacia el cuadro de los dos hombres en tándem que tenían encima.
—Pues resulta que no —le contradijo Gonzalo—. ¿Sabía usted que si se manipula un cadáver después de muerto quedan unas marcas específicas en la piel que lo delatan?
—Lo ignoraba completamente. —admitió él sin perder la sonrisa; sin embargo, pero por una décima de segundo, el inspector creyó intuir más que ver la vacilación en sus ojos. Aquella respuesta podía ser la única sincera que el hombre había dado hasta entonces.
—Al parecer es así. La ciencia nunca dejará de sorprendernos.
—No lo sabe usted bien. —coincidió Jovellanos. Pese a su envidiable temple, el joven inspector de policía comenzó a sentir que era él quien llevaba las riendas de la conversación, e intuyendo cuál sería el final de ella, el aristócrata empezó a inquietarse, lo que hizo que a su vez él se sintiera más seguro.
—En resumen, señor Jovellanos: durante tres sábados consecutivos, alguien atrajo a una mujer inocente a un callejón, donde la desangró con un arma punzante, hizo desaparecer la sangre y luego la degolló para que pareciera esa la causa de la muerte. —concluyó.
Alrededor de ellos la gente comenzó aplaudir, pero no por la conclusión del inspector, sino porque el autor de la exposición, ese tal Pablo Ruíz del que Gonzalo no sabía nada, había llegado a la cafetería. Sin embargo, ninguno de los dos le prestó la menor atención, absortos como estaban en su privada conversación.
—Durante tres semanas, curiosamente las mismas tres semanas que usted permaneció en la capital, esas tres mujeres murieron, todas en distintos puntos del recorrido entre su domicilio de Madrid y la mansión de don Pablo Beltrán, a quien mis superiores tampoco me dejaron investigar, y todas en días en los cuales, según varios testigos, usted asistió a su mansión de visita. —expuso finalmente poniendo ya todas las cartas sobre la mesa.
—Casualidad. —se defendió Jovellanos, contenido pese a la terrible acusación de la que estaba siendo objetivo.
—En mi trabajo las casualidades no existen —afirmó Gonzalo permitiéndose parafrasear algo que había escuchado a un compañero—. He tenido tiempo de hacer algunas preguntas aquí también, y por lo visto han tenido algún caso parecido con prostitutas desaparecidas durante el período en que don Pablo y usted coincidieron en la ciudad, antes de que viajaran a Madrid. Demasiadas casualidades, ¿no cree?
—Reconozco que me tiene impresionado —replicó Jovellanos sin perder su fría sonrisa. La tranquilidad de aquel hombre le tenía fascinado—. Dejémonos de indirectas inspector, me está acusando de cometer esos asesinatos, ¿y cuál cree que es el motivo, o el móvil, empleando los términos correctos, para que yo cometa tales atrocidades?
—Lo ignoro —admitió Gonzalo. Muy a su pesar, todavía no había dado con una razón que le satisficiera del todo—. Quizás es que aspira a convertirse en el nuevo sacamantecas.
—No parece muy convencido —observó el aristócrata con atino—. ¿Acaso hay algo en esa teoría que no le encaje?
—El paradero de la sangre —confesó el inspector—. Hay gente que todavía piensa que la sangre y la grasa humana pueden ser utilizadas para curar la tuberculosis, o para luchar contra los estragos de la edad… pero usted es una persona cultivada, incluso con formación médica moderna, así que no lo tengo claro.
—La sangre como medio para evitar la vejez —reflexionó Jovellanos en voz alta; por alguna razón, aquello pareció hacerle mucha gracia—. A lo mejor esos curanderos y brujos tienen más razón de la que usted, los médicos y yo creemos.
—Es posible, pero dado que ni siquiera ha negado la acusación, asumo que cede al peso de las pruebas y admite que cometió el delito. —le espetó Gonzalo.
—¿Y qué si lo hiciera? —preguntó él recuperando la sonrisa encantadora con la que entró en la cafetería—. Está usted muy lejos de Madrid, inspector, y como bien ha dicho, no está de servicio. ¿Acaso pretende detenerme en estas condiciones?
—Con sus influencias y las amistades que frecuenta, detenerle sería una pérdida de tiempo —razonó Gonzalo desenfundando la pistola. La ventaja que acudir a aquella exposición vestido de uniforme era que nadie se alarmó porque llevara consigo un arma—. No he venido a detenerle señor Jovellanos, he venido a evitar que mate a nadie más.
Era joven, inconsciente y hasta cierto punto idealista, o todo lo idealista que se podía ser en el año mil novecientos, pero la idea de que aquel hombre siguiera pavoneándose impunemente delante de todos los modernos y petimetres de Barcelona mientras las tres mujeres reposaban bajo tierra era superior a sus fuerzas. Si la ley no era suficiente para actuar contra él, sería el joven inspector de policía quien hiciera justicia por los muertos y evitaría que más se unieran a la funesta lista.
Los libros de historia jamás mencionarían aquél momento en el futuro, de hecho, ni siquiera recordarían la mayor parte de las obras allí expuestas pese al renombre que obtendría su autor en los años siguientes, pero el silencio se hizo alrededor de los dos hombres cuando los espectadores de la exposición se quedaron paralizados viendo a un agente de la ley apuntando con su arma, que en aquel entonces era tan sólo un pequeño revolver de cinco disparos, a un distinguido asistente delante de todo el mundo.
Y sin embargo, el hombre amenazado fue la persona menos asustada de todas… de hecho, incluso se permitió pronunciar todavía más su sonrisa, hasta convertirla en un rictus desdeñoso.
—Es usted impulsivo, señor Villanueva —dijo sin alterarse, pero mirándole a los ojos muy fijamente—. Es un defecto que achacaré a su juventud, y que debería corregir si no quiere que se acabe volviendo en su contra. No obstante, deduzco que es menos estúpido de lo que quiere que piense, así que estoy seguro de que todo lo que me ha contado ya lo ha hablado antes con alguno de sus compañeros de la policía.
—Por supuesto. —le aseguró el inspector. No tenía sentido mentir, el comisario del distrito estaba al tanto de su investigación, y se había mostrado encantado con que fuera Gonzalo quien se jugara el tipo… sólo quedaba que Jovellanos diera el siguiente paso.
—¿Espera mi reacción, inspector? —exclamó él casi como si le hubiera leído la mente—. ¡Oh, sí, por supuesto! Ahora sólo tengo dos opciones: o bien confesar delante de toda esta gente y entregarme para que no me mate, lo que me costaría una cadena perpetua, si no el garrote vil, o matarle a usted para poder escapar, añadiendo la muerte de un inspector de la policía a mis delitos, haciéndolos así tan graves que ninguna influencia propia o ajena me libraría de la cadena perpetua… o del garrote vil.
Gonzalo no tuvo nada que añadir, había descrito magistralmente la situación. Por supuesto, lo peor que podía pasar era que Jovellanos se dejase matar por él; tal vez entonces quien acabara en el garrote vil fuera el propio Gonzalo, pero aquel parecía un hombre que le tenía aprecio a su vida, y el inspector estaba convencido de que se acabaría entregando. Por descontado, siendo él la persona armada, descartó sin mucha dificultad la posibilidad de que fuera Jovellanos quien le matara… no podía saber lo equivocado que estaba al pensar que aquello sólo había sido una bravuconada fruto de la desesperación por la encrucijada en la que había puesto al aristócrata.
—¡Pues es una lástima, me gustaba ser el señor Jovellanos! Tenía una vida la mar de interesante —suspiró con dramatismo aquel hombre colocándose bien los puños de la camisa—. Adiós, inspector Villanueva.
Fue todo tan rápido que el ojo de Gonzalo apenas pudo percibirlo, pero donde un segundo antes había estado el señor Jovellanos sólo quedó una silueta, que moviéndose como alma que lleva el diablo se lanzó hacia la salida del establecimiento.
—¿Cómo demonios…? —se preguntó sin saber que prácticamente la respuesta estaba dentro de la misma pregunta. Poniéndose en pie, se apresuró en salir corriendo tras Jovellanos, apartando a empujones a los asistentes de la exposición que el perseguido había esquivado con una agilidad sobrehumana.
Cuando salió a la fría oscuridad de la noche creyó haberle perdido al no poder ver ni rastro de él, pero el silbato de un sereno al doblar la esquina volvió a ponerle sobre la pista. Al verle huir tan apresuradamente, el buen hombre había intentado detenerle, y para quitárselo de en medio, Jovellanos le embistió, consiguiendo que ambos acabaran cayendo al suelo. Cuando Gonzalo los alcanzó, el asesino ya se había incorporado y reemprendía la carrera entre las callejuelas que rodeaban la cafetería. Se detuvo un momento para asegurarse de que el sereno estaba bien, y tras ver que el golpe al caer de espaldas no le había causado ningún daño, prosiguió con la persecución.
Fue cuando la silueta de Jovellanos se adentró en un oscuro callejón sin salida el momento en que Gonzalo estuvo convencido de que le tenía atrapado; un muro de más de tres metros cortaba la calle, impidiéndole continuar huyendo en esa direccion. El lugar desprendía un intenso olor a orina y a la basura que las viviendas y negocios cercanos habían arrojado allí.
—No hay salida, señor Jovellanos, será mejor que salga. —le llamó apuntando con su pistola a la oscuridad.
—Siempre hay una salida —se escuchó su voz entre las sombras, pero el inspector no fue capaz de determinar el origen exacto de la misma—. Ha sido mi culpa, lo reconozco. Cometiendo el mismo pecado que usted, me he dejado llevar por el entusiasmo, aunque admito que he disfrutado mucho de esta identidad.
—¿De qué está hablando? —le preguntó Gonzalo, mitad por que no entendía lo que quería decir, mitad para conseguir tiempo y lograr localizarle entre las tinieblas que cubrían el callejón
—Todavía podría haberle sacado cinco años, quizá diez, pero se acabó el señor Jovellanos, me temo —continuó mientras Gonzalo seguía intentando encontrarle—. Sin embargo, usted me ha impresionado mucho esta noche. Los tiempos cambian y cada vez hay que hacer esfuerzos mayores para no ser descubierto, ¿no es cierto?
—Los criminales cada vez lo tenéis más difícil, es verdad —aseveró él sin dejarse impresionar por el tono despreocupado del aristócrata—. Y usted el que más porque, por muy bien que se haya escondido, no tiene salida de ese callejón.
—¡Ah! ¿Eso cree? —exclamó, y unos brillantes ojos rojos, como los de una enorme bestia rabiosa, surgieron de repente a tan sólo un metro del joven inspector.
Antes de que Gonzalo pudiera reaccionar ya le tenía encima, y le arrolló lanzándole contra la pared del edificio del callejón con una fuerza que jamás habría imaginado que un hombre de su tamaño y complexión pudiera llegar a poseer. El golpe fue doloroso y le dejó sin aliento durante un segundo, pero se las apañó para lograr interponer el revólver entre Jovellanos y él mismo antes de que éste volviera a abalanzársele. Demasiado alterado y asustado como para poder preguntarse a fondo por el significado de esos ojos rojos y brillantes que su agresor manifestaba, disparó.
Su sorpresa fue mayúscula cuando la bala se le clavó en el pecho, y aun así, Jovellanos ni sangró ni dio muestras de haber recibido más daño del que podría haberle hecho un niño tirándole una piedra con un tirachinas.
—Escuece —dijo valorando la herida, que en una persona normal debería haber sido mortal de necesidad—. Siempre he detestado las armas de fuego, tienen tan poca alma…
Sin que el inspector pudiera evitarlo en modo alguno por culpa de la abrumadora fuerza de aquel hombre, éste le agarró del cuello y le elevó en el aire tan fácilmente como si en lugar de una persona adulta hubiera sido un gatito recién nacido. De un manotazo le arrancó la pistola de las manos y la tiró al suelo, arrojándola hasta lo más oscuro del callejón.
—Se le ha olvidado hacerse la pregunta más importante, inspector —dijo Jovellanos con su sonrisa más fría y condescendiente—. Lo primero que hay que averiguar siempre a la hora de resolver un asesinato es cuál ha sido el arma con la que se cometió el crimen, y por supuesto, encontrarla después.
Tras decir aquello abrió la boca, y para consternación de Gonzalo, sus colmillos comenzaron a crecer hasta duplicar su tamaño. Aterrorizado, el joven inspector quiso gritar, pero su grito se vio enmudecido rápida y ferozmente cuando Jovellanos clavó sus protuberantes caninos en su cuello.
Y entonces comenzó la lenta agonía…
Gonzalo sintió los que serían los últimos latidos de su corazón en los oídos, y conforme la somnolencia iba haciéndose más fuerte, éstos eran cada vez más débiles. Aquel hombre, si es que era un hombre y no un demonio, tenía la boca pegada a su cuello y bebía de su sangre como si se tratara de un manjar, sin detenerse siquiera a tomar aire.
Cuando el inspector perdió la consciencia creyó que el dolor había acabado para siempre, pero en realidad no hizo más que empezar… la transformación de un cuerpo humano en un engendro de la noche al que comúnmente se conoce como vampiro no era un proceso agradable.

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